Murió, sí, murió…
Palabra bien corta, pero de acero, que se clava en el corazón como puñal agudísimo… Ni el diccionario tiene fuerzas para guardar en sus páginas esta palabra, tal como aparece aquí, tan particular, que degüella sin compasión en lo privado…
El caso mío ¿cuál es? ¿Quién murió para mí?
Carlos, Carlos Pereyra, mi amado compañero en el camino de la vida.
Murió, sí, murió… Pero, oídlo bien: su postrera sonrisa, la que movió con suavidad sus labios y enterneció profundamente la mirada de sus ojos cuando, ya en el lecho del dolor, el sacerdote ponía por última vez en su boca la Hostia santa; esa sonrisa que pintó su rostro con arrolladoras luces de suprema dulzura y de incomparable paz; que pareció iluminar su resplandor suavísimo la senda que su alma segura después, libre ya del duro peso corporal; esa sonrisa que semejaba claramente un faro en la alta noche, una estrella, un luciente punto de esperanza, será para mí, a su vez, como claro de luna que me ayude a salvar las rudas asperezas del camino pedregoso que hoy, ya sin mi compañero, comienzo a recorrer.
Es también un consuelo para mí el pensamiento de que mi amado ausente gozará ya de Dios, pues que supo defender su fe religiosa con orgullo y valentía. Cierro los ojos y me parece verle al lado del Señor, puesta la mirada en Él, arrodillado humildemente a sus pies, y sonriendo con beatífica paz…
-¡Que así sea! -me digo en silencio-. ¡Que sea así, aunque yo continue recorriendo, ya sin él, esta vida que es para mí como empinada cuesta, sembrada de cardos y bordeada melancólicamente por sauces y espinos!…



Atrás se ha quedado todo;
todo se quedó distante.
Y con modo
que parece extravagante,
Me obliga, inflexible, el Sino
A torcer por el recodo
Del camino
Y a seguir adelante.

¿Para qué?
No lo sé.
¿Quiere que aprecie mejor
El sabor
De todo lo que se fué?

¡Oh, maestro!
¡Oh, destino!
¡Eres diestro,
Y tu plan es cruel y es fino!
¿Quieres darme a comprender
todo el valor de ayer?…

Lo has logrado:
penetró ya en mi cabeza
La tristeza
De la palabra PASADO.

¡Gózate! ¡Clava el punzón!
Has querido que yo viva
Para hender mi corazón
Con tu lección objetiva.

¡He aprendido
Esa terrible lección!
¡Has vencido!

La torva conjugación
Ya no es para mí enigmática:
Ya siento claro el efecto
Del pretérito perfecto
De la sesuda gramática.


María Enriqueta. Madrid, 1942