Yo estaba solo, tendido boca arriba sobre la hierba, húmeda aún por la lluvia del día anterior; me hallaba acostado sobre la alfombra de verde césped que completaba el adorno de aquel rincón solitario y rústico, formado por bucares de gruesos troncos que se erguían majestuosos entrelazando caprichosamente sus ramas con las de los mangos, en cuyo apretado follaje se ocultaban las frutas amarillas y rosadas. ¡Qué feliz me sentía en aquel momento aspirando el olor a hojas y a tierra mojada, y resguardando por la tupida cúpula, agujereada en algunos puntos, por donde se veían jirones de cielo azul y por donde se deslizaban, como saetas de oro, rayos de sol que venían a quebrarse sobre la hierba!
Tenía la cabeza apoyada en uno de mis brazos, que me servía de almohada; con una mano arrancaba maquinalmente florecillas silvestres, entretanto que seguía con la mirada las hojas secas amarillas y las hojas rojizas que caían de los bucares arrastradas por el viento.
Poco a poco dejé de oir el canto de los pájaros y me dormí. De pronto sentí en la frente un ligero hormigueo que me despertó: era una pequeña mariposa que se había posado en mi rostro y que huyó rápidamente, asustada sin duda por el movimiento que hice al abrir los ojos. Sus alas azules y doradas brillaban pintorescamente a los rayos del sol; alegre y juguetona la vi alejarse, revoloteando sin rumbo. Mis párpados se cerraron nuevamente.
No había transcurrido mucho tiempo cuando sentí el mismo cosquilleo en la mejilla. El enojo me invadió. La mariposa se empeñaba en no dejarme dormir… ¡Ah pero ya vería!…
Contuve la respiración y sin abrir los ojos lancé coléricamente, con el brazo que me quedaba libre, una terrible manotada sobre mi mejilla. Me incorporé; solamente brillaba en la palma de mi mano un polvillo de oro. Miré a mi alrededor: la mariposa había desaparecido. No viéndola ya, me acosté de nuevo, y a los pocos minutos dormía profundamente.
Ya el sol no doraba las copas de los árboles cuando desperté. Las hojas estaban negruzcas y el aire impregnado de mil campestres olores; de la arboleda toda se escapaba el rumor triste de las ramas mecidas por la brisa, al que se mezclaba el canto melancólico de cardenales y pardillos.
Después de bostezar, me preparé para ponerme en pie; era ya hora de regresar a casa. El suelo estaba cubierto de flores de bucare, que parecían grandes gotas de sangre fresca. De pronto vi brillar cerca de mí, entre la menuda hierba, como un pedazo de oro que se alejaba lentamente, ocultándose por momentos. Me acerqué y observé: un enjambre de negros cachacos arrastraba a una mariposa rígida y con las alas rotas. Me aproximé más: aquella mariposa tenía las alitas azules y doradas… ¡Era la misma que había venido a juguetear sobre mis mejillas! ¡Y yo la había matado!…
Mis ojos se nublaron, y entonces, sintiéndome profundamente malvado, caí sobre la hierba, llorando como un niño. Cuando levanté la cabeza, los bachacos, encorvados sobre su presa, la empujaban dentro un agujero negro, al pie de un tronco carcomido, desde donde, como un beso de despedida, me mandó la desventurada mariposa un brillante fulgor de sus alas azules y doradas.
El sol bajaba silencioso por detrás de los cafetales; las vacas volvían del pasto, caminando lentamente una tras otra, y el pastor llenaba con su canto aquella soledad, mientras que yo regresaba a casa, suspirando por la bella mariposa… Y ahora mismo, que paso indiferente sobre algunas desgracias humanas, no puedo contener una lágrima al recordar a la pobre mariposilla, cobardemente asesinada por mí bajo la bóveda sombría de mangos y bucares.