Las grandes ciudades son unos monstruos insaciables
Las grandes ciudades son unos monstruos insaciables. Se alimentan del hedonismo de la gente. Quieren todo para ellas. Son egoístas, son golosas. Desprecian a los débiles, a los que desean que los recursos de distribuyan. Quieren juntar a todos en un mismo sitio. Saben que no es posible y sin embargo persisten en esa tarea. Arrinconan a los de voluntad débil. Te regañan sin motivo. Si lloras, se burlan de ti. Si te vas a vacacionar, se van contigo y antes de irte a dormir te susurran al oído: “Vas a volver, tu no perteneces a este lugarzucho de mierda” Pero igual te vas a dormir, ya con una idea en la cabeza. No logras descansar. Al despertar, la misma voz del monstruo donde habitas tú se ha implantado alrededor y te recuerda que allí, donde quieres descansar no hay nada. Porque ella tiene todo y porque lo que tu necesitas no lo encontrarás en otro lugar. Como un zombie caminas de vuelta a ofrecerte como sacrificio. Antes de haberte sumido completamente en el pantano de desperdicios tu cuerpo convaleciente logra dar unas últimas patadas “Cuando tenga una familia me voy de este lugar”. Es inútil, ya es muy tarde. Eres parte de ella. La simbiosis empezó mucho antes de que te dieras cuenta. Antes de que tu estuvieras inmerso en ella. Empezó por tus oídos. Cuando todos te decían que tenías que irte, que allá donde creciste era imposible que encontraras la felicidad, porque para ellos la felicidad era una olla de oro que se encontraba del otro lado del arcoíris. Una ilusión óptica que se tragaron con facilidad. Que les metieron a la fuerza sus predecesores y a ti te tocó tragarla de la misma manera. Y los pobres de tus chamacos ya son parte de ella. Desde que estaban dentro de ti.
Parece que empiezas a darte cuenta de que el monstruo se mueve y no te despega la mirada. Una maestra y sus alumnos están plantado algunos árboles cerca del último edificio que levantó una inmobiliaria extranjera. Un edificio lleno de departamentos incosteable. Hay una luz de esperanza que se quiere colar entre ella y tú, ella, el monstruo. Sientes una sacudida. Te subes al metro y has olvidado lo que acabas de ver. Esa pequeña luz no tiene cabida en el subterráneo donde tomas todos los días ese metro apestoso que te lleva a tu trabajo que detestas.
Si alguna circunstancia extraña te arrastra definitivamente fuera de ella habrá una mutilación tan dolorosa que probablemente no la resistas. Pero si lo haces...